Las meta-representaciones que construimos específicamente acerca de nuestro interlocutor, en cada proceso comunicativo, se encuentran guiadas por los conocimientos sociales previos, por nuestros “esquemas sociales”. Los esquemas activados y las meta-representaciones referidas a las intenciones, creencias y estados mentales de nuestro interlocutor (teorías de la mente), juegan un papel fundamental en la regulación de nuestra propia conducta, pues anticipan una expectativa acerca de los límites específicos de esa interacción, o para decirlo con otros términos: colaboran en la formación del sentido mismo de la interacción. Lógicamente si los esquemas sociales que activamos se corresponden a la realidad, es decir, si el sujeto que tenemos enfrente se comporta dentro del margen de variables previstas, entonces las posibilidades de acoplamiento interactivo de nuestras acciones son mayores. Pero para que el acoplamiento interactivo sea completo, también la otra persona (alter), debe activar esquemas sociales y meta-representaciones acerca de nosotros mismos y de nuestro comportamiento, que le permitan formar una expectativa que efectivamente se ajuste a la realidad. Ahora bien, también es posible “falsificar” el comportamiento y asumir un “esquema social” que no se adecua con el que realmente nos corresponde, como es igualmente posible “confundirse” y atribuir a los demás una identidad social (activar un esquema social inadecuado) que no es el que se ajusta a la realidad.
Tanto si se consideran situaciones interpersonales de interacción, del tipo de encuentros sociales “cara a cara” para los que siempre podríamos encontrar guiones (como por ejemplo el encuentro social entre un vendedor y el cliente en unos almacenes –donde dominan patrones sociales– o el encuentro sexual –donde dominan patrones afectivos y eróticos–, etc.), que son propios de una perspectiva “microsociológica”, como si aumentamos la escala y asumimos una perspectiva macrosociológica, es evidente que no podemos penetrar con el mismo detalle o granularidad en los esquemas y meta-representaciones individuales, y que tendremos que utilizar algún método que permita describir el patrimonio social y no ya meramente individual de esquemas cognitivos previos o disponibles.
Para describir ese patrimonio cog n i t ivo es necesario recurr i r, a mi entender, a un n u evo concepto: el concepto de “socio-esquema” (Piñuel & García-Lomas, 2001). Este concepto es una síntesis emergente entre el concepto de «modelos de representación” y el concepto de “esquema cognitivo”. Por esta razón, en el concepto sintético de “socio-esquema” se salva la idea de “modelo” en el sentido de que podemos descubrir los límites de los “esquemas” cognitivos disponibles para un grupo social. Y este es un capital sociocognitivo que es previo, tanto para establecer entre los interlocutores acuerdos metacomunicativos capaces de integrar cualquier intercambio de expresiones en la conducta social y cog n i t iva de los sujetos, como para establecer variables de análisis de los discursos que el analista aborda sobre relatos de los mass media, por ejemplo. Si el acuerdo que los sujetos construyen deja de ser contingente a
cada situación, y se torna en transcendente (Ibáñez, 1986), es decir común al grupo y a una comunidad, es porque las prácticas sociales y cognitivas se reproducen según patrones de sentido, que son los que están en la base del discurso social, el cual a su vez no tendría sentido sin grupo, sin comunidad y sin comunicación social.
Por lo dicho, puede ya comprenderse la definición de análisis de contenido, ya adelantada: “al conjunto de procedimientos interpretativos de p roductos comunicativos (mensajes, textos o discursos) que proceden de procesos singulares de comunicación previamente registrados, y que, basados en técnicas de medida, a veces cuantitativas (estadísticas basadas en el recuento de unidades), a veces cualitativas (lógicas basadas en la combinación de categorías) tienen por objeto elaborar y procesar datos relevantes sobre las condiciones mismas en que se han producido aquellos textos, o sobre la condiciones que puedan darse para su empleo posterior”. Para que aquel conjunto
de “procedimientos interp r e t a t ivos” puedan sostenerse como estrategias y técnicas de investigación científica en comunicación, se suele requerir la elaboración previa de un repertorio estructurado de categorías derivadas de un marco metodológico en que se fija como objeto de estudio la comunicación. De este marco metodológico derivan las hipótesis y objetivos que sostienen el procedimiento de normalización de la diversidad superficial del corpus textual o material de análisis, con vistas al registro de los datos, a su procesamiento estadístico y/o lógico y a su posterior interpretación. En cualquier caso, el análisis de contenido ha de entenderse como un metatexto resultado de la transformación de un texto primitivo (o conjunto de ellos) sobre el que se ha operado aquella transformación para modificarlo (controladamente) de acuerdo a unas reglas de procedimiento, de análisis y de refutación (metodología) confiables y válidas, y que se hayan justificado metodológicamente.
Piñuel Raigada, J.L. (2002). “Epistemología, metodología y técnicas de análisis de contenido”. Estudios de Sociolingüística, 3 (1), pp: 1-42.